lunes, 2 de noviembre de 2009


Aullidos en la Provincia de Madrid
Lobos, Cebos y Leyendas
Por Antonio Balduque Álvarez

En la Antigüedad el lobo ha tenido connotaciones tanto positivas como negativas. En ciertas culturas se le consideró como símbolo de la luz y portador de conocimiento por ver mejor en la oscuridad que el hombre, en otras por el contrario, por vivir en cuevas o excavar hoyos para usarlos como guaridas se le representaba como el guardián del infierno, por eso en la mitología griega a Hades, señor del mundo de ultratumba, se le pintaba con una capa de piel de lobo.


Una de las piezas más apetecibles para un lobo es, sin lugar a dudas, el cordero, animal que se asocia a Jesús como buen pastor que soporta sobre sí los pecados de los hombres, por lo que para el cristianismo el lobo no tiene nada positivo, sino perverso y maligno, perviviendo durante siglos la idea de ser un animal demoníaco, peligroso y personificación de pecados capitales como la gula y la ira. Por eso al demonio en ocasiones se le ha representado como un lobo, a las brujas se las imaginaba cabalgando sobre ellos para acudir a sus rituales satánicos, y siempre que en un cuento infantil se quería introducir un personaje malvado o taimado se usaba un lobo, como en los tres cerditos o caperucita roja. Sin embargo para muchos ganaderos que durante siglos habían sufrido sus incursiones nocturnas para degollar ovejas y beber su sangre, los cuentos de lobitos no eran de su agrado, por el contrario, lo que pensaban era que debajo de esa piel se encontraba el mismísimo diablo. Además pocas cosas útiles podía sacar el hombre del lobo pues su carne le repugnaba por ser demasiado coriácea y nauseabunda, y tan sólo utilizaba su piel, los dientes o los pulmones.
Leyendas
Desde la más remota antigüedad el hombre, aunque enemigo del lobo, ha sentido admiración por su osadía, fuerza, poder, voracidad y astucia, por lo que no dudó en usar amuletos fabricados con distintas partes de su cuerpo para que recayeran sobre él todas las virtudes atribuidas al animal. Muchos guerreros acudían al combate vestidos con sus pieles, pues pensaban que aumentaba la fuerza y osadía, por eso uno de los mejores ejércitos del mundo como el romano, obligaba a los portaestandartes de las legiones a entrar en combate vistiendo una piel de lobo rematada con la cabeza del animal por conferirle un aspecto feroz que intranquilizara a sus adversarios. Se llegó incluso a creer que si montaban a caballo usando botas de piel de lobo, la montura también lucharía de una manera más osada y aguerrida. Como esta idea estaba tan extendida, a los niños desde muy pequeños se les colgaba al cuello un diente de lobo para que le ahuyentara los miedos, y para hacerles valientes y fuertes les calzaban igualmente botitas de piel de lobo. Otra extraña costumbre era colocarles entre las ropas trozos de piel de lobo, pues pensaban que así se les preservaba de enfermedades. Si alguien sufría un cólico todo el mundo sabía que el remedio más eficaz para quitar el mal era frotar con insistencia la tripa del enfermo con una de estas pieles, y si el problema era respiratorio no dudaban en beberse un buen tazón de vino en el que se habían disuelto los pulmones molidos de la fiera.
Motivo del antagonismo
La rivalidad entre el hombre y el lobo pudo surgir durante el Neolítico, periodo en el que el hombre dejó de ser un nómada dedicado a la caza y la recolección, para llevar una vida sedentaria centrado en la agricultura y ganadería. Como consecuencia de la roturación de bosques y estepas el lobo tuvo que retirarse a zonas cada vez menos abundantes de caza, por lo que para sobrevivir necesitó centrar su caza en el ganado estabulado por el hombre, presa fácil y abundante. Por su configuración física el lobo no solía atacar a grandes presas por lo que cuando no tenía posibilidades de obtener trofeos fáciles se dedicaba al carroñeo y a las incursiones nocturnas a los basureros rurales, granjas o incluso pueblos. Como el lobo prefiere las piezas poco combativas o las cabezas de ganado mal protegidas por el hombre, desde la antigüedad el enfrentamiento entre ambos ha sido permanente, siendo a partir de la Edad Media cuando se le declaró una guerra a muerte porque los lobos, siempre al acecho, buscaban la más mínima oportunidad para devorar las ovejas, corderos, gallinas o cualquier animal que el hombre tuviera en sus corrales, cuadras o apriscos. Este acecho constante fue lo que permitió que en Roma se asociara al lobo, lupus en latín, con las prostitutas, a las que ellos llamaban lobas, porque esas mujeres estaban también siempre acechando en la noche, tentando al hombre, y de ahí que al lugar donde ejercían su trabajo las “lobas” se le conociera como lupanar. También han llegado hasta nuestros días otras expresiones relacionadas con los ataques de lobos, porque como decimos si los pastores no querían sufrir mermas en sus rebaños tenían que estar constantemente pendientes de sus animales, de ahí que todavía se use la expresión: “reunión de pastores, oveja muerta”.

Todo vale para su exterminio
La única manera que conocía el hombre para frenar el instinto cruel y sanguinario del lobo era exterminándolo, por lo que en Atenas se llegó a pagar el valor de un buey por cada piel de lobo entregada a las autoridades, y en la Inglaterra medieval se autorizó a la población a pagar sus impuestos con pieles de lobos, por lo que lógicamente al llegar el siglo XV este animal casi había desapareció de las frías tierras británicas. En España la guerra contra el lobo tampoco se dejó en el olvido, obligándose en el siglo XIV a que los párrocos junto con sus feligreses efectuaran batidas semanales para capturar el mayor número de alimañas. Como los lobos iban en aumento y los asaltos al ganado se multiplicaban según pasaban los años, en 1538 las Cortes de Toledo no dudaron en insistir al Emperador Carlos V para que aumentara los “premios que se dan a los que mataren lobos”, obligándose también durante los siglos XVI, XVII y XVIII a que en las zonas pobladas por lobos los Ayuntamientos organizasen dos batidas al año para exterminar a todos los lobos que pudieran existir en la comarca. Estas batidas populares casi nunca obtuvieron unos buenos resultados en comparación con los gastos que ocasionaban porque para el número de aldeanos que participaban se cazaban pocos lobos y el Ayuntamiento estaba obligado a ofrecer “un refresco de pan, queso y vino”.

Los mejores cazadores, los reyes
Cuando no había guerras, los nobles se mantenían físicamente activos mediante la caza, siendo del agrado de los reyes el organizar grandes cacerías para su disfrute personal y el su corte. Para evitar que los lobos mermaran las piezas que luego iban a cazar, los reyes españoles tenían a su servicio expertos cazadores de lobos que recorrían los Reales Sitios en busca de estas alimañas. Hay documentos que demuestran que monarcas como Felipe III, Felipe IV, Carlos II o Felipe V, utilizaron a estos expertos alimañeros en la Sierra del Guadarrama y de Somosierra para evitar que los lobos se acercaran a las zonas acotadas próximas al palacio de la Granja. Por el contrario Carlos III no necesitaba ningún lobero experimentado porque no había en España cazador que abatiera más piezas que él. Según menciona el viajero Townshend en un libro sobre sus recorridos por España, cuando conoció a Carlos III éste llevaba cazados y apuntados en una libreta la friolera de 1.118 lobos. Para tener una idea del número tan elevado que suponen estas muertes, basta decir que en la actualidad en toda España, y en todo un año, tan sólo se cazan quinientos ejemplares. En cuanto a los miembros de la Real Ballestería del rey cuando les llegaban noticias de la existencia de algún lobo en los alrededores de Madrid, disponían todo lo necesario para hacer una batida que acabara con la vida de la alimaña. El rey, con parte de la Corte, se trasladaba hasta un paraje elevado, mientras que una multitud de lugareños, en ocasiones hasta dos mil, iban batiendo el monte hasta llevar al animal a las proximidades del puesto donde esperaba Carlos III que sólo tenía que respirar hondo y disparar.
Cebos

Su hijo, Carlos IV, también heredó la afición cinegética y la pasión por la caza de lobos, por lo que tenía una cuadrilla permanente de monteros cebadores a cargo de Felipe Guadalix que recorrían los montes madrileños a la caza de estos animales. Para atraer de una manera irresistible a estas alimañas hasta las trampas que colocaban, usaban unos novedosos cebos que tenían como sustancias principales la manteca de cerdo, la cebolla, el alcanfor, los polvos de lirio de Florencia, la miel y el pan. La manteca de cerdo servía para ligar todos los ingredientes, la miel aportaba el dulzor, los toques aromáticos la cebolla, el picante el alcanfor y el lirio de Florencia, gracias a un aceite esencial que contiene, daba un toque exótico a violetas. Para fabricarlo se ponían en una sartén un trozo de manteca fresca sin sal. Lentamente se derretía y se añadían tres trozos de cebolla. Cuando empezaba a hervir se completaba con el lirio de Florencia y el alcanfor, introduciendo luego abundantes trozos de pan en forma de cuadraditos y media taza de miel, moviéndolo todo hasta que estuviera el pan bien tostado.
Que te den morcilla
Con sustancias como la descrita los loberos conseguían atraer hasta las trampas y cepos a los animales dañinos, que una vez muertos eran llevaban a las Justicias de los pueblos. En virtud de una Real Orden de 1788 por cada lobo presentado se le pagaba cuatro ducados, ocho por loba y doce si se capturaba con la camada, pagando además dos ducados por cada lobezno, por lo que al ser más rentable desarrollaron un especial instinto para descubrir las zonas donde se escondían las camadas. En la provincia de Madrid a principios del siglo XIX los loberos solían colocar suspendidos de los árboles fuertes anzuelos recubiertos de apetitosos cebos para que los lobos quedaran clavados por la boca si acudían al irresistible olor. Las trampas y los anzuelos eran usados comúnmente por los loberos porque necesitaban el cuerpo del lobo para cobrar la recompensa, por el contrario, los dueños de las fincas preferían usar para el exterminio la nuez vómica porque al no querer la recompensa les daba igual donde muriera el animal. Este activo veneno era conocido en los pueblos madrileños con el nombre de “Almendilla” y se vendía en todas las droguerías de la capital. Con una lima el cazador de lobos reducía a polvo la nuez vómica, lo mezclaba con carne picada y hacía una masa con la que se rellenaban morcillas o chorizos. Estas morcillas se dejaban en las zonas donde se creía que abundaban los lobos, muriendo a las pocas horas cualquier animal que las comiera, por eso cuando queremos despedir a alguien molesto utilizamos la expresión “¡Anda y que te den morcilla!” sin saber que en verdad le estamos deseando su muerte.
El siglo de los lobos
Con motivo de la Guerra de la Independencia los loberos tuvieron que centrarse más en su supervivencia que en la de los lobos y como consecuencia de los combates, muchos campesinos tuvieron que dejar también de roturar sus tierras, sufriendo el campo español entre los años 1808 y 1814 un triste abandono, motivo por el cual aumentaron considerablemente los lobos en toda la geografía española, incluida la sierra madrileña-segoviana. Una vez finalizada la Guerra la situación era tan complicada que para fomentar el exterminio de estos animales en 1834 se publicó una ley aumentando el premio que se pagaba por cada animal muerto: 80 reales por las lobas preñadas, 60 por loba, 40 por lobo y 20 reales por cada lobezno, debiendo el lobero entregar el cuerpo entero, porque las justicias de los pueblos para justificar el pago tenían que entregar en Madrid el rabo y las orejas. Pasaban los años y en lugar de disminuir su número cada vez aumentaba más, siendo habitual verlos merodeando hasta por las calles de los pueblos, y así lo atestigua la Gaceta de Madrid que en 1847 afirmaba que Galicia se encontraba aterrorizaba porque manadas de lobos habían entrado en algunos pueblos matando a las personas que encontraban. En Solveira unos lobos se comieron a un joven de diez años, en Chaguazoso de un chavalín de siete años tan sólo quedó tras el ataque un jirón de ropa y trozo de cráneo, en Tuge fue devorado un crío de muy corta edad y algunos pastores habían empezado a encontrarse por el monte restos humanos. En la Sierra del Guadarrama y de Somosierra eran tan abundantes que bajaban en oleadas hacia los pueblos segovianos, según lo afirma la Gaceta de Madrid de 1848 que en un artículo titulado “Invasión de lobos en Segovia” decía: “Una horrorosa invasión de lobos tiene aterrorizados a los habitantes de todos los pueblos de estos contornos. Se ven bandadas de seis y de ocho a cualquier hora del día, habiéndose ya verificado multitud de desgracias en los ganados. Cuéntase por muy seguro que algunas personas han sido víctimas de la ferocidad de los lobos”.
Madrid invadida
No sólo la población tenía pánico a salir de sus casas, los ganaderos veían día a día cómo sus rebaños mermaban por los ataques de estas fieras. En vista de tan grave situación en 1859 la Asociación General de Ganaderos eleva al Ministro de Agricultura una petición para que en los presupuestos generales del Estado se incluyera una partida para destruir estos animales malignos. El Ministerio para aceptar la propuesta hace un estudio de los lobos capturados entre 1855 y 1859, y es gracias a este trabajo, que se conserva en su archivo, por lo que conocemos los datos relativos a los lobos existentes en la provincia de Madrid a mediados del siglo XIX, pudiendo afirmar que Madrid fue la provincia española en la que se mataron más animales dañinos durante esos cinco años. En el informe también se menciona que los lobos no sólo causaban daños a la cabaña lanar, sino que al menor descuido de los pastores tanto vacas como caballos o yeguas recibían en su yugular el afilado contacto de unos dientes, teniendo que usar por la noche un farol con cuatro vidrios de distintos colores, porque estas luces eran a lo único que tenían pavor las alimañas. Si esto era así en la vertiente madrileña de la Sierra, en la segoviana los ataques se hacían cada vez más frecuentes porque la “extensión y espesura de los montes” impedía su persecución. Los guardas decían que en el invierno de 1859 era muy frecuente ver manadas de cinco, seis o siete miembros, teniendo localizada una manada de doce lobos que en uno de sus ataques a San Martín de Valdeiglesias mataron 37 cabezas en una sola noche. Otras incursiones análogas a la anterior, aunque con menos muertes, sufrieron los pueblos de Cadalso, Las Rozas, Villa del Prado o Cenicientos. En el mismo invierno los guardas también confirman que la Sierra de Guadarrama está infectada de lobos, siendo común verlos en grupos de seis atacando en los pueblos de la sierra al ganado lanar. Pero la zona donde la invasión tuvo un carácter más terrorífico fue en el partido de Torrelaguna. En todos lo pueblos de la falda y Sierra de Somosierra el más mínimo error del pastor equivalía a la muerte segura de un cordero o de una oveja, y si por descuido por la noche no recogía a las vacas o caballerías en sus corrales, a la mañana siguiente aparecían todas devoradas.

Ataque a la diligencia
Durante el resto del siglo XIX los lobos continuaron siendo un peligro para los pueblos madrileños y su número no disminuía porque las recompensas que daba el Estado a los loberos por cazar estos animales se habían quedado irrisorias, por lo que si se mataba alguno era porque pasaba por delante de la escopeta de algún cazador, no porque hubiera gente especializada en su captura, ya que aquellos se fueron extinguiendo poco a poco, aunque en ocasiones todavía se podía ver en algún pueblo ciertos personajes que llevaban en cajones alguna camada de lobos para que los campesinos y ganaderos le dieran algunas monedas. Todavía a finales del siglo XIX osaba a atacar al hombre en las cercanías de Madrid, constando en documentos de la época que en 1895 la diligencia que hacía el servicio entre El Molar, Riaza y Segovia fue asaltada por una manada de lobos, que llegaron hasta a ocasionar el vuelco del carruaje, resultando heridos dos viajeros y con graves mordeduras las caballerías. Con la llegada del siglo XX el lobo empieza a tener sus días contados. La ley de caza de 1902 y su Reglamento de 1903 estimulaba a los Alcaldes para que persiguieran los lobos localizados en sus términos, aumentaban las recompensas a los que acreditasen haber matado alguno (20 pts por loba, 15 pts por lobo y 7,5 pts por lobezno) y autorizaba a organizar batidas generales para la destrucción de animales dañinos y el envenenamiento de éstos. La puntilla final la recibieron en los años cuarenta cuando se crearon las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos, que con fondos cedidos por derrama entre ganaderos, Ayuntamientos y Organismos provinciales, pudieron dedicarse en conciencia al exterminio sistemático del lobo.
Consideraciones finales
Para entender mejor este artículo no podemos finalizarlo sin hacer una serie de aclaraciones. Hemos comentado que la mayoría de los ataques se producían en invierno y por manadas, pocas veces por lobos solitarios. Para saber el motivo hay que tener en cuenta que los lobos suelen congregarse en verano o principio de otoño en torno a sus cachorros, por lo que fuera de los esos lugares de reunión es muy raro verlo en grupos. Por el contrario la máxima cohesión entre los miembros de una manada se produce en invierno cuando la nieve persiste durante varios meses al año. Durante esta época la nieve dificulta la movilidad de los ungulados (se denominan así a los mamíferos que se apoyan y caminan con el extremo de los dedos que están revestidos de una pezuña, como por ejemplo el caballo o la oveja) por lo que los lobos aprovechan para cazar en manada, obteniendo así mayores y mejores presas. De la lectura de este artículo también podríamos llevarnos la errónea conclusión de que el lobo se alimenta exclusivamente de ungulados vivos, pero no es así. Aunque este animal se acerca a los lugares habitados para esquilmar los rebaños, tan sólo se come al año una media de tres cabezas de ganado, lo que corresponde nada más a un 30% de su alimentación, procediendo la mayor parte del alimento que come del ganado muerto que se encuentra en el campo en forma de carroña. Se calcula que por cada lobo y año hay en la actualidad 7.000 kilos de carroña de ovino procedente de las ovejas que mueren por causas naturales y que son abandonadas en el campo. Cuando no se hace una campaña de persecución sistemática del lobo, esta ingente cantidad de alimento nos permite comprender por qué ha sobrevivido en países densamente poblados como España sin entrar en conflicto con el hombre.

2 comentarios:

  1. Cultura con mayúsculas y con temas realmente interesantes y poco conocidos. Creo que tus aportaciones son dilatadas en el tiempo, pero siempre nos ofrecen cosas sorprendentes. Quizás la gente no entre tanto en tu blog por esa "temporalidad" que hace pensar, a veces. que no has escrito nada nuevo. Eso si, cuando lo haces, nos das una lección de erudición. Gracias.

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  2. Gracias Emilio, el problema de mi blog es que no puedo escribir uno de estos artículos cada semana. Imposible. Necesito buscar bibliografía, leer los libros (que suelen ser no menos de 5 para un simple articulito de 5 folios), consultar archivos, y, lo más difícil, escribirlo haciendo un ejercicio de concisión para que pueda ser asumible por todos y que no sea ni una simple copia, ni un pesado ladrillo, ni un "coñazo" tesis.
    Me estimula enórmemente que gente como vosotros, con formación,nivel y criterio, degustéis este tipo de artículos históricos.
    Gracias nuevamente y un saludo.

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